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Noticias de Gipuzkoa — Junio 2007
Anselm Kiefer es uno de los artistas matéricos más reconocidos. Su exposición antológica en el museo Guggenheim nos ha permitido el acercamiento a la obra de un tipo honesto, capaz de afirmar que él duda de la autoridad del arte en el sentido de que el artista no proporciona modelos ni esquemas, sino estímulos al espectador.
Estímulos al espectador: esto es lo que igualmente nos regala la magia del ilusionismo gracias a la delgada línea que separa la realidad y la ficción, y que tanto nos atrae. Podemos decir que el ser humano siempre ha tratado de provocar la admiración y el temor con los fines más diversos. No podemos olvidar que la magia y la hechicería estuvieron ligadas a las creencias de la mayoría de pueblos de la Antigüedad , como fue el caso de los griegos y los celtas, ni que en la Roma imperial ya había quienes hacían trucos con vasos y bolas.
Yo veo la ilusión de la magia potagia como un espectáculo lleno de poder sobre el espectador que, a su vez, lo cede gustoso al mago en complicidad con él para que le transforme en una parte más de su arte sin necesidad de que el mago vaya de etiqueta. No importa. Necesitamos de los ilusionistas y del despliegue de sus encantos para que nos ayuden a recuperar el mejor niño que llevamos dentro. Son personas que poseen algo más que la habilidad para que parezca lo que no es ya que un mago requiere de una psicología y una humanidad que genere una atmósfera de ilusión capaz de lograr la entrega del espectador.
Muchos saben de las habilidades de Harry Houdini o Juan Tamariz; pero existen otros magos menos conocidos con el mismo don para crear ambientes entrañables donde poco antes de su mise en scène quizá revoloteaba un ambiente frío como la sociedad misma. Es el caso de Josu Baranda cuando se reviste de Mago Txagu, con su magia personal —no solo profesional— que no duda en desplegar sus trucos en un bar con el objetivo de sorprender e ilusionar (nunca mejor dicho) a quien esto escribe.
Recuerdo la primera vez que vi un espectáculo de magia. Fue una actuación en un pequeño hotel de veraneo; yo eran un canijo entregado al oficio de aquél mago que se hacía llamar Raimond o algo parecido, que tuvo el honor de ser el primero en fascinarme con su arte sacando un conejo de la chistera. Aquella ilusión infantil me acompaña siempre que surge la posibilidad de disfrutar de la magia, la que va más allá de la prestidigitación manual para extraer una sonrisa del corazón.
Recientemente, he vuelto a disfrutar con las habilidades del Mago Txagu. Ha sido con motivo de la celebración de un cumpleaños infantil. Allí estaba él, rodeado de sus artilugios preparados para trabajar la sugestión de una concurrencia de todas las edades; había niños, claro, pero también adultos de varias generaciones, lo cual tiene más acicate en un buen prestidigitador para desplegar su generosa creatividad. Pasamos la tarde merendando entre trucos que nos transportaban del mundo visible hacia el invisible creándose la atmósfera a la que me refería anteriormente, anulando cualquier atisbo del desencanto vital que llevan consigo tantas personas de nuestro tiempo.
La prestidigitación ambientada del Mago Txagu fue capaz de proyectar una mirada alternativa al presente abriendo el sentimiento de los que allí estábamos cual amable pero eficaz sacudida a las diferentes cegueras de este mundo. Si el creador Kiefer nos alerta con sus estímulos sobre la repetición cíclica de la historia, un ilusionista puede estimular con su arte a no desmayar la esperanza en el ser humano, cosa que hace cada vez que logra renacer al niño que todos llevamos dentro.
Este cumpleaños mágico no hizo sino reafirmarme en que los magos de la ilusión, junto a los payasos, son imprescindibles en el erial posmoderno que estamos construyendo, por su capacidad de llegada limpia al corazón que llega más allá del simple entretenimiento: no tanto por lo que hacen en sus representaciones sino por cómo lo hacen. Para ellos, todo mi reconocimiento.
Gabriel Mª Otalora